¿A quién no le han hecho esta pregunta alguna vez? ¿Quién no se la ha planteado en algún momento?
La felicidad no funciona a base de matemáticas, no se calcula como si fueran meras operaciones; ojalá pudiéramos determinar nuestro grado de alegría sumando nuestros momentos buenos y restando los malos, obteniendo un resultado que nos llevara a pensar si nuestra vida debería llevar otro rumbo: si merece la pena todo lo que estamos haciendo, si nuestros sueños e ideales son los correctos, si le estamos dando demasiado valor a nuestras preocupaciones, si estamos desarrollando un modelo de vida tal y como soñábamos cuando éramos pequeños. ¿Pero sabes qué? Es imposible averiguarlo con precisión. Todos tenemos momentos en los que pensamos que el mundo se nos echa encima, en los que las lágrimas no paran de acudir a nuestras mejillas en un estado de impotencia que nos impide ver la luz que hay al final de un túnel que parece no poseer salida, en los que creemos que nada tiene sentido, y el mundo parece jugar en nuestra contra. Pero después, empezamos a abrir los ojos, dando la bienvenida a otro sentimiento que germina en nuestro corazón, en nuestro cuerpo: es un impulso que nos dice que las cosas van a ir a mejor, que la vida es maravillosa, que cada segundo que estamos pisando este mundo es valioso e irrecuperable, que merece la pena seguir existiendo. Entonces, es ahí, cuando lo notas, cuando te das cuenta que jamás debes dejar que las lágrimas sustituyan tu sonrisa, ni que tu tristeza te impida ver la luz de las estrellas. En ese momento, sabes que vale la pena ser feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario