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lunes, 25 de marzo de 2013

Lo perfecto termina siendo imperfecto.

Es épica la frase que nos aprendemos de memoria desde que somos pequeños, la mayoría de las veces porque algo no sale como queríamos, o porque la injusticia había decidido que no fuéramos capaces de hacer de lo que otra persona si era capaz: "La perfección no existe." 
Verdaderamente, y tal y como ha avanzado el mundo, ya no sé si esta frase es técnicamente cierta o es solo una mera tradición. Porque pensándolo bien, en el mundo habitan más de 7.000 millones de personas; ¿acaso el hombre o mujer que inventó esa frase investigó a cada una de ellas y determinó su épico dicho? Sinceramente, eso resulta rotundamente imposible. Es probable que haya tenido razón, aunque no sea demostrable al cien por cien. Pero en el caso de que una sola persona, un único ser humano que pise la Tierra, desconocido a los ojos del mundo, pudiera ser perfecto, seguiría dando la razón a la teoría de la inexistencia de la perfección. Porque lo perfecto termina cansando. Pensémoslo fríamente: ¿acaso nos gustaría tener a nuestro lado una persona a la que la vida le sonriera sin el mínimo esfuerzo? Y lo que es más importante, ¿sería beneficioso para esa persona conseguir todos sus propósitos en un abrir y cerrar de ojos, puesto que sus maravillosas cualidades se lo permitirían? A la larga, terminaría siendo una ingenua e inocente que nunca conocería la vida tal y como verdaderamente es, o una persona con un honda tristeza en su corazón que podría canalizarse incluso como rabia que destruiría de inmediato su idealizada perfección, al saberse diferente y no aceptada por los demás. Por eso, cada vez que se nombra la palabra "perfecto", no somos capaces de dar una descripción exacta, es imposible para nosotros crear una definición globalizada y universal. Porque lo perfecto termina siendo imperfecto, y lo imperfecto, para una persona, puede considerarse perfecto.


lunes, 18 de marzo de 2013

Viviendo la realidad de ese mal sueño.

En un principio no asimilas la situación. Piensas que todavía no ha pasado nada, que todo sigue igual que antes, simplemente es una pesadilla de la que por cualquier razón no puedes despertar. Una congoja acomodada en tu cuerpo que tarda en eliminarse, una experiencia que parece no ser real. Lo acabas creyendo, acabas pensando que con el paso de los días las cosas van a volver a su sitio, van a mejorar. El tiempo sigue, y continúas esperando el momento en que todo será como en el pasado. Pero llega un punto en que decides dejar de aguardar esas circunstancias. Supongo que es la transición de la incredulidad a la aceptación; te das cuenta de que ya no vale la pena seguir esquivando la situación, y te atreves a mirarla a los ojos, sin miedo, simplemente con una mirada en la que se puede sentir el olor de la nostalgia y la tristeza, el tacto de la melancolía y la resignación. Quizás es demasiado tiempo el que tiene que pasar para que esto ocurra, o a lo mejor sólo se necesitan unos segundos para notarlo. Pero cuando ese preciado instante llegue, te darás cuenta de que estás viviendo la realidad de lo que pensabas que era un mal sueño. Y es ahí, cuando sientes, que volverás a ser feliz, a pesar de que lo eches de menos.