Le das vueltas a la cabeza. Lo piensas. Lo meditas durante un largo tiempo. Pero no lo asimilas. No asimilas que el tiempo ha pasado, para ti, para todos. Te das cuenta de que nada es como antes, que los recuerdos acuden a tu cabeza como si de una ola de varios metros de longitud se tratase, y que se abalanza contra ti con el único objetivo de recordarte que hubo tiempos mejores. Que hubo una época en la que eras realmente feliz, que no tenías verdaderas preocupaciones, nada perturbaba tu alegría, todo era bonito, la vida era de color rosa. Pero una vez más, vuelves a la realidad, al presente, y lo notas, sientes que tú y sobre todo tu alrededor ha cambiado. Ojalá pudieras volver atrás en el tiempo, en esos momentos en los que ibas a estallar de felicidad, aquellos en los que pensabas que podías comerte el mundo con la mirada; ojalá pudieras dar a un pequeño botón y que el tiempo se parara, que ese momento fuera eterno, que nunca dejaras de experimentar esa alegría. Pero no, no puedes hacerlo. Tienes que abrir lo ojos, alzar la cabeza, y darte cuenta que el tiempo ha puesto las cosas en su sitio. Que has perdido muchas cosas que querías, y aunque otras siguen ahí, no son ni la sombra de lo que en el pasado fueron. Y que la vida y el tiempo siguen, aunque los quieras atrapar con tus propias manos, aunque quieras retenerlos, se te escurrirán entre los dedos ante tus propios ojos. Ahora, sólo te quedan los recuerdos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario